San Mateo 28, 1-10:
El gran silencio
Autor: Arquidiócesis  de Madrid

 

Al descender el cuerpo muerto de Jesús, lo dejamos en la tumba nueva. Y hoy, Sábado Santo, es el día del gran silencio. Todos, los que estaban junto a la cruz y los que miramos de lejos el espectáculo, quedamos desalentados, tristes, cuajados de lágrimas. Juan tuvo un consuelo: Ahí tienes a tu madre. Pero ahora ya todo se ha terminado. Razón tenía Judas Iscariote, quien le traicionó, pues el camino de Jesús no llevaba sino al más cruel de los fracasos, ahí tenemos la prueba: muerto y enterrado. Bien es verdad que Jesús no dijo que todo se había terminado, sino, tras repetir tantas veces aquello de que en él se cumplían las Escrituras, todo está consumado. ¿Consumado en un punto que parece ser la tumba? Ahora nuestros ojos la contemplan. Siempre, cuando vamos a enterrar a una persona querida, al alejarnos del lugar donde hemos depositado el cadáver, hay una última mirada a la tumba. También nosotros, al alejarnos, echamos una última mirada al sepulcro nuevo en la que han depositado el cuerpo muerto de Jesús. Y nos adentramos en el gran silencio. Silencio de Dios.

Todo parece haber terminado en el más rotundo de los fracasos. ¿Merecerá la pena nuestro seguimiento, para que se nos caiga de la mano de esta manera tan dolorosa, tan brutal? ¿No ha sido todo una imaginación virtual y pasajera? ¿No nos subyugó quien tan pronto iba a morir de una manera tan cruel e indigna? De haberlo sabido, ¿hubiéramos seguido a Jesús? ¿No fue todo lo nuestro, en definitiva, sino un gran engaño? No porque Jesús nos engañara, pues él, pobre, creía en lo que hacía y en el camino que era el suyo, sino porque nosotros nos dejamos engañar por un buñuelo de viento. Silencio de Dios.

Todo está consumado. ¿Por qué Jesús al final de su suplicio en la cruz diría consumado? ¿Qué?, ¿pensaba en algo que acontecería para nosotros tras su enterramiento? Porque para él, ciertamente, las cosas estaban terminadas: la plenificación de la carne de Jesús se nos dona en la cruz. ¿Podría significar, simplemente, que en todo lo que hasta el momento había sido su vida, tan extraordinaria, se había consumado algo por medio de lo que el Señor Dios, al que él llamaba su Padre, quería indicarnos caminos a seguir similares al que había sido el suyo, aunque terminara en el fracaso de la muerte? ¿No había acontecido ya cosa similar, persecuciones y muerte, con algunos de los profetas de Israel, los cuales nos habrían mostrado así nuevos caminos de esperanza? Mas el gran silencio en que hemos caído parece ver que, efectivamente, todo ha sido consumado, y que, a partir de ahora, deberemos sacar las consecuencias de aquello que hemos vivido junto a Jesús, de quien hemos aprendido la profundidad de nuestra relación con Dios, quien nos ha enseñado a llamar Padre nuestro, y también la hondura de nuestra relación con el prójimo. Su muerte, pues, no ha sido vana. Tenemos que rehacer con nuestra vida lo que fue la suya. Esto es lo que dará sentido a esa palabra tan hermosa que pronunció en la cruz. ¿Todo se ha consumado, porque, seguramente, todo vuelve a la vida en nosotros, y somos nosotros los que consumamos lo que ya, con la muerte de Jesús, se habá terminado? Silencio de Dios

Cavilaciones del día en el gran silencio, cuando nos mantenemos deliberativos entre un aceptar las cosas como están o un seguir viviendo en-esperanza, sin comprenderlo bien, es verdad, pero seguros de que las cosas no pueden terminar en la pura nada de la muerte. Dios Padre, Ser de amorosidad, ¿nos va a dejar sumidos en tal abandono, tras haber abandonado de modo definitivo a quien ha llamado mi Hijo, en el que decía tener puestas todas sus complacencias? ¿Estamos alocados por seguir viviendo en-esperanza? Silencio de Dios.

¿Viviremos en-esperanza? ¿Será posible que quien es Padre suyo y Padre nuestro, en definitiva nos haya dejado no solo descentrados, sino solos, no abandonados porque nos quedará para siempre su recuerdo y su quehacer, pero sí dependientes de nuestras propia fuerzas y de nuestras propias remembranzas? ¿Será posible que todo haya acabado al haber dejado a Jesús en el sepulcro nuevo? ¿No quedará resquicio alguno a nuestro en-esperanza? Porque lo que él vivía y enseñaba iba más allá, ahora nos damos cuenta, incluso más allá de la muerte. ¿Nos abandonará Dios, peor, abandonará en la muerte a quien llamaba su Hijo, dejándonos en el desamparo mas desabrido? ¿Qué significaba, pues, nuestro vivir en-esperanza? Silencio de Dios.

Oíd, ¿qué está sucediendo? Un gran silencio envuelve la tierra; un gran silencio y una gran soledad. Un gran silencio porque el Rey duerme. La tierra está temerosa y sobrecogida. Porque Dios se ha dormido en la carne y ha despertado a los que dormían desde antiguo. Dios ha muerto en la carne y ha puesto en conmoción al abismo. Así comienza el bellísimo relato que toma el libro de las Horas de una antigua homilía sobre el grande y santo Sábado, en el que vemos a Jesús descendiendo a los Infiernos con el poderoso atributo de su cruz, para ofrecer palabras salvadoras a Adán y a todos los muertos que, en la obscuridad del abismo, aguardaban ellos también en-esperanza, la liberación definitiva.

Dios Padre de nuestro Señor Jesucristo, muerto en la cruz y enterrado en la tumba nueva, comienza a hablar en la gran majestad de su silencio.

Nota: Con permiso de la Arquidiócesis de Madrid