Solemnidad. Natividad del Señor (25 de diciembre)
Misa de Medianoche
Pautas para la homilía
"Un niño nos ha nacido, un hijo se nos ha dado"
Un niño nos ha nacido un hijo se nos ha dado
La Navidad es ante todo el nacimiento de un niño. Es la celebración de una nueva
vida humana. Ciertamente es un Niño muy especial, es Dios hecho Niño. Pero en
esta noche para llegar a Dios hemos de pasar por el Niño, por la condición humana
que asumió, por su humano nacer en un ámbito tan sencillo, que en su sencillez
pasa desapercibido en la tierra en la que nace: ha de ser proclamado por los
ángeles. Los ángeles anuncian a los sencillos pastores el nacimiento de
un”Salvador, del Mesías, del Señor”, pero en un contexto nada indicado para quien
así era titulado. Todos esos títulos pertenecen a esa pobre criatura que nace entre
pajas en un pesebre. Los ángeles proclaman la gloria de Dios, mientras que quizás
los pastores deslumbrados y a la vez sorprendidos van a cerciorarse de lo
anunciado. Serán los primeros que rindan tributo al Niño y los primeros
predicadores de quién era ese Niño. Necesitaron la fe para ver en el Niño al
Salvador, al Mesías al Señor. Creyeron y dieron gloria a Dios, como lo habían hecho
los ángeles.
Nuestra acogida al Niño. La ternura.
Ese ámbito de lo sencillo es el ámbito también de la ternura. Ternura es lo que
desprende siempre el Niño. La perciben María y José, la perciben los pastores,
debemos percibirla nosotros. La ternura nos dignifica, es amar sin más, desde lo
hondo del ser. En Navidad todos nos hacemos un poco niños, nuestros posos
infantiles afloran a la superficie: somos capaces de jugar con los juguetes de los
niños, de ver las películas que ellos ven, sentimos la necesidad del calor afectivo de
otros/as. Nos volvemos tiernos. Ojalá sea así. La ternura no es un retroceso a
épocas pasadas de la vida, supone aflorar lo mejor que hay en nosotros: cambiar
nuestra mirada inquisitiva, sabidilla, censuradora, con flecos de superioridad, por la
del amor, por la mirada de quien se ve uno más entre los otros, débiles como ellos,
necesitado de calor afectivo y capaz de darlo. La ternura es fruto de la inteligencia
que descubre nuestra verdad, y del amor en su estado más puro y más sencillo y…
más generoso, el amor de quien, ante el cuidado o la caricia al niño, sólo espera de
él su sonrisa.
La ternura es hacerse niño como lo entendía Jesús. De ellos es el reino de los
cielos. Niño se hizo Dios para entrar en nuestro “reino”… para que fuera el de los
cielos. Como niño hay que hacerse para entrar en el Reino de Jesús. A los niños
Dios les ha revelado el misterio, no a los sabios y entendidos. También el misterio
de la Navidad. Niños hemos de hacernos para entender y vivir y celebrar la
Navidad. En nosotros ha de nacer el niño que somos.
Luz en la noche.
Misa en medio de la noche, como el anuncio a los pastores. La noche que puede
aludir a momentos de oscuridad en nuestra vida, que quizás estos días se viven
más profundamente; por el recuerdo de las ausencias de quienes en otras
Nochebuenas estuvieron presentes; pero noche iluminada por la luz que viene del
cielo y nos hace descubrir la gloria de Dios en un Niño recién nacido. Es la misa del
triunfo de la esperanza, sobre la frustración, de la alegría sobre el dolor. Es la
noche de Dios con nosotros.
Fray Juan José de León Lastra
Licenciado en Teología
Con permiso de: dominicos.org