Domingo I de Cuaresma del ciclo B.
Las tentaciones de Jesús caracterizan nuestra vida.
Meditación de MC. 1, 11-12.
Estimados hermanos y amigos:
En el Evangelio correspondiente a la celebración eucarística de este primer
Domingo de Cuaresma, leemos:
"Y luego el Espíritu le impulsó al desierto" (MC. 1, 12).
Cuando Jesús se dejó bautizar por San Juan el Bautista, aceptó la misión de
redimirnos, la cual le fue recordada por el Padre y el Espíritu Santo, cuando,
después de que se abriera el cielo, se oyó la voz de Nuestro Creador celestial.
Después de ser bautizado, Jesús se dirigió al desierto para reflexionar sobre cómo
iba a desempeñar su Ministerio sagrado, pero no lo hizo por Sí mismo, sino
impulsado por el Espíritu Santo.
El desierto lo experimentamos cuando tenemos que sobreponernos al
sufrimiento, cuando nos sentimos desamparados por Dios y por los hombres, y
cuando tenemos que afrontar problemas difíciles.
Para vivir la experiencia del desierto, necesitamos huir del ruido del mundo, y no
estar pendientes a nuestras ocupaciones diarias, con tal de que las mismas no nos
impidan el hecho de comunicarnos con el Dios Uno y Trino.
En la Profecía de Isaías, se nos da a entender, cómo el Siervo de Yahveh, se dejó
guiar por el Espíritu Santo, a la hora de realizar la misión, que le fue encomendada,
por Nuestro Padre común.
"He aquí mi siervo, yo le sostendré; mi escogido, en quien mi alma tiene
contentamiento; he puesto sobre él mi espíritu; él traerá justicia a las naciones"
(IS. 42, 1).
"El espíritu del Señor Yahveh está sobre mí,
por cuanto que me ha ungido Yahveh.
A anunciar la buena nueva a los pobres me ha enviado,
a vendar los corazones rotos;
a pregonar a los cautivos la liberación,
y a los reclusos la libertad" (IS. 61, 1).
Quienes trabajamos en la Iglesia, predicando el Evangelio, y/o realizando otras
actividades pastorales que también son muy importantes, debemos orar mucho,
para actuar bajo la inspiración del Espíritu Santo de Dios, pues no queremos actuar,
en pro de nuestros intereses egoístas.
Si queremos creer en Dios, tenemos que aventurarnos a vivir la experiencia del
desierto. Muchos que carecen de nuestra fe, pueden permitirse el lujo de consumir
productos que nosotros no debemos consumir, y de leer libros que a nosotros no
nos están permitidos. Hacer la experiencia del desierto, puede suponernos el hecho
de ser expuestos a ser marginados por quienes no nos comprenden, lo cual, si no
permitimos que atente contra nuestra estima personal, aumentará la fe que
tenemos en Dios, lo cual, tendrá como consecuencia, el hecho de que
aprenderemos a confiar más en nosotros, y, por consiguiente, también nos
amaremos más.
El desierto, -el gran espacio en que nos podemos perder si se nos debilita la fe-,
si nos empeñamos en creer en Dios, aunque nos falte la fuerza para seguir
haciéndolo, se convierte en lugar de refugio, mientras se fortalece nuestra
espiritualidad, para, posteriormente, testimoniar nuestra fe, -si podemos hacerlo-,
no solo ante los creyentes, sino hasta delante de quienes rechazan a Dios.
Moisés, después de asesinar a un capataz hebreo, se ocultó en el desierto
durante cuarenta días, hasta que llegó a Madián, a la tierra de Jetró, su futuro
suegro. El desierto se convirtió en el seguro refugio del futuro Profeta de Dios,
pero, dicho refugio, para quienes no tienen la fe bien formada, oculta sutiles
peligros, que tienen la pretensión, de fortalecer la espiritualidad, de quienes se
atreven a emprender, tal aventura.
Después de ser amenazado de muerte por la reina Jezabel, por haber mandado
asesinar a los cuatrocientos cincuenta profetas del falso dios Baal, Elías se escondió
en el desierto, donde fue alimentado milagrosamente, y se le manifestó Dios en
una brisa suave, no para concederle una vida ociosa, sino para prepararlo a seguir
sirviéndolo, en sus prójimos los hombres.
En el desierto experimentamos la sed de agua, para hacernos una pequeña idea
de la sed de amor y justicia que tienen, aquellos que son socialmente marginados.
A veces no ayudamos a los pobres porque los culpamos de su situación, y le
clamamos a Dios para que tenga misericordia de nosotros, a pesar de que somos
tan pecadores, que somos más culpables del mal que hemos hecho, que los pobres
que realmente se han hecho a sí mismos, por causa de sus vicios o de sus errores.
Si acompañamos a Jesús al desierto, experimentamos el hambre de alimentos,
que ha de hacernos una idea del hambre de bienes espirituales y materiales, que
tienen los necesitados de nuestro mundo.
En el desierto, el sol quema la piel durante el día, y las noches son muy frías. Hay
que aprovechar las noches para viajar, y hay que descansar a las horas del calor, o
viajar más lentamente, con tal de no hacer peligrar nuestra vida.
A la hora del calor, no permitamos que nos ahoguen las dificultades que tenemos,
y, a la hora del frío nocturno, no permitamos que se nos enfríe la fe, y
mantengamos encendida las hogueras de la caridad y la esperanza, para que
iluminen nuestro destino.
San Marcos, nos dice, en el Evangelio de hoy:
"Y estuvo allí en el desierto cuarenta días, y era tentado por Satanás, y estaba
con las fieras; y los ángeles le servían" (MC. 1, 13).
A diferencia de los Santos Mateo y Lucas, -los cuales exponen el pasaje de las
tentaciones de Nuestro Salvador por parte del Demonio, en los primeros versículos
del cuarto capítulo de sus respectivos Evangelios-, San Marcos resume con mucha
brevedad el pasaje que estamos considerando, pues le da más importancia al
comienzo del Ministerio público de Nuestro Salvador.
San Marcos nos dice que Jesús era tentado por Satanás. Dado que el citado
Hagiógrafo Sagrado escribió su Evangelio para que fuera leído por los cristianos
judíos y paganos, -de los cuales, los últimos no tenían por qué ser perfectos
conocedores del Judaísmo-, prefirió no explicitar detalladamente cómo el Demonio
intentó entorpecer el Ministerio público de Nuestro Salvador, aunque sí nos informa
de que el Mesías convivió con las fieras, quizás, dándoles a entender a sus lectores,
que, algunas personas con que se relacionó Nuestro Salvador, a lo largo de los años
que se prolongó su Ministerio público, eran más feroces que las citadas bestias.
El hecho de que los ángeles servían a Jesús, significa que el Señor venció
exitosamente las tentaciones del demonio, y, dado que estaba muy débil, por causa
de su cuarentena de ayuno, los ángeles le socorrieron, para que pudiera volver a
los suyos, para empezar a predicar la Palabra de Dios. Tal como les sucedió a
Moisés y a Elías, Jesús no fue ayudado para que viviera ociosamente, sino para que
empleara a fondo sus facultades divinas y humanas, en la predicación del
Evangelio, y en la realización del Misterio de nuestra Redención.
Al leer los tres pasajes evangélicos en que se narran las tentaciones del Señor
(MT. 4, 1ss, LC. 4, 1ss, y MC. 1, 12-13), podemos caer en el error de pensar que a
Jesús le fue muy fácil vencer a su opositor el demonio, lo cual no fue verdad, si
consideramos que, al igual que nos sucede a los hombres, Jesús, durante todos los
años que se prolongó su Ministerio público, estuvo enfrentándose constantemente,
a los deseos más irresistibles que tenemos los hombres, los cuales son la
consecución del poder sin medida, del prestigio vital, y de la riqueza, pues, para
conseguir la realización de esos deseos, muchos han matado sin escrúpulos,
pensando en ser sobrevalorados, aunque no hayan podido conseguir su deseo, en
atención a su moral ejemplar.
José Portillo Pérez