Solemnidad de la Natividad del Señor, Ciclo A

Juan 1, 1-18

Autor: Padre Francesc Jordana Soler

 

 

La Navidad es la mejor noticia que ha recibido la Humanidad: ¡Dios se hace un niño! y de esta manera Dios se nos aproxima, se nos hace cercano, visible, comprensible. Él ya no está lejos, no es desconocido, se ha hecho accesible para que podamos estar con él, conocerlo y llegar a ser semejantes a él.

 

La Navidad es el misterio del amor de Dios que no deja nunca de sorprendernos. ¡Debemos dejarnos sorprender por este misterio! Cuando nos paramos de tantas prisas, de tantos ajetreos y entramos en el silencio de la oración y pensamos lo que estamos celebrando, lo que estamos haciendo presente, quedamos sin palabras, atónitos, admirados y sorprendidos ante tan gran misterio, ante tan gran acontecimiento. Y a veces, en ese silencio, cuando no hay palabras para expresar todo el gozo, toda la alegría, toda la gratitud que sentimos una lágrima sirve para condensar todos nuestros sentimientos.

 

Que gozo recibiréis todos aquellos que aprendáis a contemplar este misterio. Recibiréis la luz, recibiréis un resplandor interior que cambiará vuestras vidas.

 

El verdadero misterio de la Navidad es este resplandor interior que viene de este niño, este resplandor nos alcanza y enciende en nosotros la llama de la bondad de Dios.

 

Donde ha brotado la fe en aquel niño, ha florecido la caridad: la bondad hacia los demás, la atención solícita a los débiles y a los que sufren, la gracia del perdón a los que nos han ofendido. Desde Belén ha brotado un resplandor de luz, de amor y de verdad que ha impregnado 2000 años de historia. Si nos fijamos en los santos vemos esta corriente de bondad, vemos este camino que a pesar de dificultades de todo tipo ellos han hecho: amar siempre, responder siempre desde la caridad, manifestar siempre la luz del amor de Dios.

 

No permitamos que este resplandor, que esta luz, se apague por las corrientes frías de nuestro tiempo. Hoy en día no es fácil mantener la luz que se nos dio en Belén. Si nosotros no vigilamos esa luz se apaga. Todos vosotros conocéis gente a quien la luz de la fe se le ha apagado. Y entonces hacen de la fe una costumbre, una cierta credulidad que no ilumina para nada sus vidas… que triste…. Han perdido el resplandor interior.

 

Hemos de cuidar esa luz, y eso significa cuidar nuestra relación con Jesucristo a través de la oración, de la eucaristía, y de la palabra de Dios. Tres medios que nos comunican esa luz, ese resplandor interior, que da calor y color a nuestra vida. Hay tantos y tantas –sin fe viva-  que viven en blanco y negro, sin ningún calor en su vida… Custodiemos esa luz y ofrezcámosla a los demás. La alegría de la Navidad nos impulsa anunciar a todos la presencia de Dios en medio de nosotros. ¿Qué es evangelizar? Evangelizar es comunicar una alegría … Dios con nosotros.

 

Y no podemos olvidar que este niño que nace es nuestro Salvador. La Navidad es la fiesta de la Salvación, porque nuestra salvación ha llegado, ha venido, se nos ha hecho presente… para ser acogida.

 

Dios viene para salvarnos, lo cual debe provocar en nosotros un deseo de recibir a Cristo salvador, un deseo de ser salvados…

 

Pienso que la insistencia de la Iglesia en disponernos, sobre todo en esta última semana, a las fiestas litúrgicas de la Navidad, indica claramente la plenitud de gracia y salvación que Dios nos quiere conceder. Es imposible que la conmemoración del nacimiento del Hijo de Dios no traiga algo grandioso, inimaginables avances, donaciones por encima de nuestros propios deseos…

 

Avances para mí, para vosotros, para toda la Iglesia, y para muchos que por el momento se encuentran fuera de ella. Las peticiones de la Iglesia son eficaces y ahora la Iglesia implora gracias extraordinarias, y nos presenta textos proféticos repletos de promesas admirables. Debemos esperar, pues., esperar al Salvador, con idéntica actitud de quien espera la llegada de una persona muy amada y muy benéfica.

 

Hoy en esta celebración litúrgica la vida estalla en medio de nosotros dispuesta a vivificar a todo aquel que se abra a su acción.

 

Vivamos este día y toda la octava de Navidad –durante ocho días la Iglesia hace presente el misterio de la Navidad- con un corazón humilde que desea el nacimiento de su Salvador en él. Y pidamos que la luz que vieron los pastores también nos ilumine y se cumpla en todo el mundo lo que los ángeles cantaron aquella noche: “Gloria a Dios en el cielo y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor”. ¡Amén!