II Domingo de Cuaresma, Ciclo A

Mateo 17, 1-9

Autor: Padre Francesc Jordana Soler

 

 

Estamos viviendo el segundo Domingo de Cuaresma. Y ciertamente, que la vivencia de las prácticas cuaresmales -plegaria, ayuno y limosna (caridad)- que cada uno ha determinado -auxiliado con la gracia de Dios- empieza a hacer su trabajo y vamos experimentando un fuerte deseo de conversión en nuestro interior. Nos hace falta responder a la iniciativa de Dios Padre de ofrecernos este  tiempo de conversión, de cambio, de crecer, de replantear nuestra vida cristiana. Dios puede manifestarse en nuestra vida en la medida en que nosotros le facilitemos el acceso. 

 

Hoy el evangelio nos presenta la escena de la transfiguración: algunos aspectos que nos ayudan a entender la escena:

    Sucede en una “montaña alta”. Dice el Papa en su libro sobre Jesús de Nazaret: “El monte como lugar de la subida, no sólo externa, sino sobre todo interior; el monte como liberación del peso de la vida cotidiana, como un respirar el aire puro de la creación y su belleza; el monte que me da altura interior y me hace intuir al Creador”.  Nosotros también hemos de subir a ese monte y ese monte es la oración. Allí crece nuestro interior, allí nos liberamos del peso – a veces angustioso- de la vida cotidiana, allí cogemos aire para seguir viviendo, para enfrentarnos a las dificultades, allí –en la oración- intuimos la presencia del buen Dios. Jesús y los discípulos han subido al monte de la oración. No hay ningún lugar en el que se esté más a gusto que en ese monte.

 

    La cara resplandeciente de Jesús y sus vestidos blancos como la luz son signos de la divinidad de Jesús. Jesús resplandece desde su interior, no sólo recibe la luz, sino que Él es la luz.  Jesús no es un profeta más, ni el profeta más grande. Jesús es el Hijo de Dios. Jesús no es alguien en quien Dios actúa de una manera especial. Jesús es el Hijo de Dios. (“Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero; engendrado, no creado, de la misma naturaleza que el Padre.”) Esta es nuestra fe. Que belleza hay en estas palabras. Estas oraciones que repetimos con tanta frecuencia nos tendríamos de proponer rezarlas  despacio, pensando y meditando lo que decimos. Nos hace falta  redescubrirlas y saborearlas.    

La divinidad de Jesucristo es la piedra angular que sostiene el misterio de la encarnación y el misterio de la trinidad. Si rehusamos o ponemos en duda la divinidad de Jesucristo todo el edificio de la fe cristiana se hunde. Si JC no es Dios nuestra fe es el engaño más grande de la historia. Nos hace falta crecer en esta conciencia de que Jesús es verdaderamente Dios.

 

• Y finalmente lo que nos ayuda a entender la transfiguración es que es un acontecimiento de plegaria. Hoy vemos como Jesús y sus discípulos suben a la montaña a rezar y es en este contexto de plegaria donde los discípulos entienden su divinidad. 

 

Para nosotros también hay un lugar donde Jesús se transfigura y nos permite conocer su divinidad,  su grandeza, la llamada que comporta vivir la vida cristiana, este lugar es la plegaria. Nosotros buscamos, conocemos y descubrimos a Jesús en la plegaria, Jesús se deja conocer cuando hacemos plegaria.

 

Nadie de nosotros quiere desobedecer a Dios Padre, pues Él hoy nos dice: “Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto, escuchadlo”. Escuchadlo !! y donde lo escucharemos ?? En la plegaria y en la meditación de la Palabra de Dios. Decía San Jerónimo: “Ignorar las escrituras es ignorar a Cristo mismo”.

 

No es casualidad que en el inicio de la cuaresma la

Iglesia nos presente un texto donde Dios Padre nos exhorta a escuchar a su hijo. Porque no se puede vivir la Cuaresma sin escucharlo. La plegaria es donde hacemos experiencia personal de Dios. Experiencia personal de Dios!!. Y lo que digo no son músicas celestiales, son realidades para todos aquellos que son humildes y desean vivirlo. 

Demasiadas veces  nuestra plegaria es más bien un monólogo, un pensar como nos van las cosas, un repetir oraciones para las mismas personas, y todo esto –en el fondo- no es plegaria. Lo que es importante no es lo que nosotros le decimos, sino lo que Él puede hacer en nosotros cuando callamos. Si no sabemos rezar, nos hace falta aprender. Quien piense que no reza bien y quiere hacerlo mejor, que venga al despacho y hablamos ... 

Que esta eucaristía, que este encuentro con JC, Hijo de Dios, nos motive a rezar más, a estar más con Él, porque como Pedro podamos decir:  “Señor, ¡qué bien se está aquí!”.