III Domingo de Cuaresma, Ciclo A

San Juan 4, 5-42

Autor: Padre Francesc Jordana Soler

 

 

En el tercer domingo de cuaresma la Iglesia nos presenta un texto en el que se acaba convirtiendo todo un pueblo. Gracias a la conversión de una mujer se convierte todo un pueblo.

 

No podemos dudar de que Dios quiere que esta cuaresma hay muchas conversiones aquí en esta parroquia, en este pueblo. Por lo tanto, a nosotros nos toca esperarlo, rezarlo, hacerlo posible con la vivencia de nuestra cuaresma. Imposible saber quienes y cuantos se convertirán gracias a nuestro ayuno, a nuestra oración, a nuestra limosna, pero imposible que nuestros actos queden sin fructificar. Tengamos la esperanza de eso de la “Comunión de los Santos”, funciona. Aquellos actos buenos hechos con amor repercuten en bien de todo el Cuerpo Místico de Cristo. Vale la pena recordar aquella famosa frase la “Mystici Corporis Christi”, de Pio XII, “Misterio verdaderamente tremendo, y que jamás se meditará bastante: que la salvación de muchos dependa de las oraciones y las voluntarias mortificaciones de los miembros del Cuerpo Místico de Cristo”.  Dios nos quiere dar el don de que en esta cuaresma haya muchas conversiones. A nosotros nos corresponde esperarlo, rezarlo, hacerlo posible.

 

Respecto a esta escena que hemos leído cuatro ideas que no agotan ni mucho menos toda su riqueza.

1. Es un texto que va incresendo, va cogiendo fuerza, contenido, densidad, implicación, a medida que avanza. En el inicio Jesús aparece como un caminante y acaba siendo proclamado como Salvador del mundo por un pueblo de Samaritanos, ni más ni memos.

 

     La samaritana empieza llamando a Jesús: “tu un judío”, luego le llama “Señor”, luego “profeta” y finalmente “Mesías”. ¿Cómo a hecho estos pasos?, ¿esta comprensión?, gracias al diálogo con Jesús. También nosotros estamos llamados a vivir el diálogo de la Samaritana con Jesús. El domingo pasado hable de la oración, no voy a repetir lo que entonces dije, pero hoy tenemos una muestra clarísima de la necesidad de hablar con Jesús. Desde el evangelio podemos hablar con Jesús y si la Samaritana se convirtió también nosotros estamos llamados a convertirnos en nuestro diálogo con Jesús, en la oración.  

 

Todo eso que Jesús le dice a la Samaritana, todas esas palabras tan llenas de vida y de luz, también Jesús nos las dice a cada uno de nosotros …

 

2.  La segunda idea es la sed. En el texto nos parece la sed de Jesús. Jesús después de haber estado andando seguramente tendría una sed física, pero tal y como va el texto las palabras de Jesús nos hacen ver que él habla de otra sed. De esta petición: “dame agua”, deducimos que Jesús tiene sed de la conversión de la mujer. Como diremos luego en el prefacio: “Jesús quiso estar sediento de la fe de aquella mujer”

 

Jesús ansía nuestra conversión. Jesús tiene sed, esta sediento de nuestra conversión. Así hemos de ver a Jesús, no como más o menos indiferente de nuestra respuesta, sino absolutamente pendiente, absolutamente deseoso, sediento, de que tengamos con él una mayor relación. Así, con esta conciencia, debemos situarnos ante Jesús al ir a orar.

 

Jesús se presenta como el poseedor de una agua viva que calma para siempre la sed de la Samaritana, la sed del ser humano. Tenemos falsas sedes: sed de éxito, sed de dinero, sed de reconocimiento, ... Y muchas veces nos falta la sed de Dios, sed de esta agua viva que nos ofrece Jesús.  Crezcamos en la convicción de que sólo Dios puede saciar nuestros anhelos más profundos, nuestras esperanzas más sublimes. Por eso San Agustín nos dice: “Ningún bien de este mundo nos llena ... porque anhelamos el Bien Supremo. Lo que llena nuestro corazón ... está más allá de la tierra. Sólo nos llena aquello ... que no cabe en nosotros.” Tenemos unos anhelos tan profundos que sólo Dios puede saciar.

 

3.Jesús en esta escena hace referencia varias veces al agua. Allí donde hay agua hay vida, hay crecimiento. El agua viva de la que habla Jesús es el Espíritu Santo. El ES es generador de vida. Produce en nosotros una nueva vida, la vida divina, entramos en la eternidad de Dios. Es el Espíritu de Jesús el que sacia nuestra sed, con el quedamos verdaderamente saciados. La expresión: “Si conocieras el don de Dios ..” (“Si sabéis què vol donar-te Déu”) … nos habla de esas maravillas que Dios quiere hacer en nosotros. Y cuando empecemos nuestra oración debemos recordar estas maravillas que Dios quiere hacer.  

               

4.  Vale la pena en este diálogo, uno de los más largos que Jesús mantiene en el NT, imaginar la mirada de Jesús sobre la samaritana, una mirada de amor, de comprensión, de acogida, de simpatía, de cariño. Pues esa mirada la hemos de proyectar hacia nosotros, Jesús nos mira igualmente a nosotros.

Acerquémonos en la oración a Jesús, que nos mira, que está sediento de nuestra conversión, para que nos comunique esa agua, que es el ES, y que es lo que más anhelamos aunque muchas veces no lo sabemos.