VI Domingo de Pascua, Ciclo A

Juan 14,15-21  

Autor: Padre Francesc Jordana Soler

 

 

Estamos celebrando el domingo VI de pascua. Este domingo nos quiere ir comunicando un gran deseo de recibir el Espíritu Santo (ES) en Pentecostés. Las lecturas nos hablan del ES para que vayamos sintiendo hambre y sed del él, a la espera de recibirlo en Pentecostés. 

 

No es exagerado decir, hay santos que así lo han dicho, que en Pentecostés culmina la cuaresma y la pascua. Todo lo que hemos ido viviendo en estos dos tiempos litúrgicos es para ser vivificados con mayor intensidad por el ES.    

Con Pentecostés se inaugura una nueva etapa en la historia de la humanidad. Se inaugura el tiempo de ES. Dios Padre hace la creación, Dios Hijo obra la salvación, la redención, y Dios Espíritu Santo es el que produce la santificación en nosotros. El ES nos lleva a la felicidad, Él nos mueve a seguir los pasos de JC, por eso el mismo JC nos dice: “Os conviene que yo me vaya” 

El ES esta llamado a ser en cada uno de nosotros el principio vital, el motor de nuestra vida. Ya no nos movemos por nuestros impulsos naturales, o por nuestra manera de ser, … sino que somos movidos por el ES.  

Ejemplo: Imaginaos que al llegar a casa os critican por algo injusto, la reacción humana es saltar, responder airadamente, contraatacar, enfadarse.  Esta reacción no viene de Dios. Es una reacción al modo humano, no al modo divino. A medida que vayamos rezando más, viviendo mejor la eucaristía del domingo, a medida que vamos dejándonos iluminar y purificar por el evangelio, entonces iremos recibiendo el ES, que es el Espíritu del amor, que nos lleva amar siempre y en toda circunstancia y que provoca en nosotros ante una crítica injusta una respuesta de amor. Parece imposible pero así es.  

Pienso que un examen de conciencia aun poco serio de nuestras actitudes nos mostrará que muchas veces la reacción al modo divino dista mucho de ser la nuestra, lo cual nos lleva a plantearnos una pregunta legítima:     ¿Es el ES el motor de nuestros actos?

         

Quizá no, pero bueno eso tiene fácil solución: situados a dos semanas de Pentecostés hemos de desear, implorar y esperar que se nos conceda el don del ES.  

 

Decía un santo: “Cada vez más voy entendiendo vida cristiana como una espera (confiada, e intensa)  del don del ES”. Ese es el don que nos permite vivir una santidad heroica, el don que nos permite amar como Cristo nos amó, el don que nos permite vivir formando un solo cuerpo con nuestros hermanos, el don de vivir una comunión con Dios como la que el Hijo tiene con el Padre y el Padre con el Hijo, el don de creer que en Jesucristo se encuentra la vida auténtica.  

Hoy en la primera carta del apóstol San Pedro se nos dice: “estad siempre prontos a dar razón de vuestra esperanza a todo el os la pidiere. Fijaos que esta frase presupone que tenemos una esperanza. Y que los que nos rodean al ver nuestra esperanza nos preguntan por ella. ¿?

¿Cuál es nuestra esperanza? Dice el papa en su última encíclica: “La verdadera, la gran esperanza el hombre que resiste a pesar de todas las desilusiones, sólo puede ser Dios, el Dios que nos ha amado y nos sigue amando “hasta el extremo”.

Nuestra esperanza es Dios, nuestra esperanza es –como decimos en Navidad- Dios-con- nosotros. Y este Dios con nosotros nos da la esperanza de:

librarnos de nuestros pecados

de hacernos crecer como personas

de amar como Cristo nos amó

de resucitar junto con Cristo, ...

Y todas estas esperanzas nos lleva a ser testigos. No podemos dejar de ser testigos si tenemos esperanza,  ... si la esperanza cristiana habita en nosotros. Por eso la gente nos pregunta por nuestra esperanza porque somos testigos.

 

A nosotros nos toca transmitir el sabor (ser sal de la tierra), la alegría de poseer a Cristo. La fe se fortalece dándola. Cuando San Pablo llega a Corintio su evangelización no se abría paso. Y Dios le dice: “No tengas miedo, habla y no calles, yo estoy contigo porque tengo un pueblo muy numeroso en esta ciudad.” De que no seremos capaces si Él actúa en nosotros, “todo lo puedo en aquel que me conforta”. Los grandes evangelizadores han sido los santos, no los muy críticos, o los que dudan de todo, o los autosuficientes, sino los santos.   

La frase habla de la disponibilidad a “dar razón de esa esperanza”. Eso nos exige formación. No podemos dar razones de lo que vivimos si no estamos un poco formados. Pienso que en un mundo complejo como el actual, un mundo que se aleja del evangelio, nuestra santificación personal pasa, en parte, por tomarnos seriamente el tema del estudio personal 

Dios nos quiere conceder el ES, a nosotros nos toca esperarlo, desearlo, pedirlo con humildad, sobretodo en estos días que nos quedan hasta Pentecostés. y sino siempre. Un ES que nos permita vivir nuestra vida con más esperanza.