XIX Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A

Mateo 14, 22-33

Autor: Padre Francesc Jordana Soler

 

 

La primera lectura nos presenta al profeta Elías, acosado por múltiples dificultades: Era el único profeta del Dios de Israel, había multitud de profetas de falsos dioses, que eran seguidos por el pueblo. Elías está solo. Nadie le hace caso. La reina Gezabel quiera matarlo. Y el se siente cansado, desanimado, y triste ante las dificultades.

 

En este contexto Elías busca la presencia de Dios. Va al monte Horeb. Y Dios se le manifiesta, Dios le conforta, y le dice que está a su lado. A partir de esta experiencia de Dios recupera las fuerzas y las ganas de cumplir su misión, la misión que Dios le ha encomendado.

 

A mi esta lectura me suscita dos preguntas:

a) ¿Busco a Dios? El profeta buscaba la presencia de Dios. ¿Y nosotros? Jesús nos dice en el evangelio: “Pedid y se os dará, llamad y se os abrirá, buscad y hallareis”. Debe haber en nosotros una actitud de búsqueda. Nuestro catecismo define la fe como un don y una respuesta del hombre. La fe es don, pero también es respuesta. Nos podemos preguntar: ¿qué es más don o respuesta?. ¿Es un 70% don y un 30% respuesta? O ¿un 50% don y un 50% respuesta?... La fe es 100% don de Dios y 100% respuesta del hombre. Sin acción de Dios no hay fe, sin respuesta del hombre tampoco. De ahí nace que debamos buscar a Dios, Él no lo puede hacer todo, debemos poner de nuestra parte: actitud de búsqueda.

 

b) Y este deseo de buscarle nos lleva a la segunda pregunta: ¿Dónde buscamos a Dios? A veces decimos que Dios está en todas partes, sí es cierto, pero también es cierto que no en todas partes está de igual modo. Dios se nos manifiesta de un modo preferente en la liturgia, en los sacramentos, en la Palabra de Dios, en los acontecimientos, en los pobres. Y hoy me gustaría extenderme en un aspecto que facilita mucho este encuentro: el silencio. Dios no estaba en el huracán, ni en el terremoto, ni en el fuego, Dios estaba en la brisa suave. Sólo desde el silencio interior y exterior podremos encontrarnos con Dios, que es como una brisa suave. Desde nuestras prisas, desde nuestras distracciones no percibimos esa brisa suave.

 

Esta semana he estado 5 días en el Monasterio de Poblet haciendo vida de monje y viviendo el silencio casi todas las horas del día. ¡Que maravilla! ¡Qué experiencia tan gratificante!. Cuantas cosas me ha dicho, cuantas cosas me ha hecho sentir, cuantas cosas me ha clarificado.

 

He podido hacer experiencia de esa brisa suave que te da aire para seguir caminando. Para mí los días de Poblet o los de EEEE son los días más felices del año. Nunca estoy tan feliz como cuando estoy en Poblet o haciendo ejercicios espirituales. Porque allí Dios se hace más palpable que nunca. Os animo a buscar esos silencios, para que captéis esa presencia de Dios vivo en vuestra vida.  

 

Pasamos a contemplar el evangelio para descubrir las gracias que el Señor nos quiere comunicar. Hoy vemos el final de la escena del domingo pasado: Jesús ha hecho la multiplicación de los panes, Jesús despide gente. Es ya de noche. Despide también a los discípulos, se van en barca. Y Él se va a orar. En la barca después de 5-6 horas remando, ellos que son expertos en el mar, no han avanzado, no pueden superar las dificultades: el viento y el oleaje en contra.

 

También nosotros experimentamos dificultades y problemas para avanzar. Nos cansamos, nos desanimamos, nos parece imposible seguir.

 

Aparece Jesús caminando sobre las olas, sobre las dificultades de sus discípulos. Aquello que para los discípulos era una lucha imposible, para Jesús sin ninguna dificultad lo supera. Camina sobre ellas, pasa por encima de esas dificultades.

 

Si nos cuesta avanzar, si nos cuesta superar dificultades concretas que cada uno tiene, es porque luchamos solos, ¡dejemos que Jesús nos acompañe junto a nosotros!. La duda hunde a Pedro. No dejemos que nos hundan a nosotros.

 

Piensa es ese problema que tienes, en esa dificultad, con la ayuda de JC la puedes superar o vivirla de modo que te santifique.

 

¿Por qué se hunde Pedro? Pedro no se hunde porque el agua no sea para andar. Pedro se hunde porque no tiene bastante fe. Y eso nos ilumina que no fracasamos porque no hagamos suficiente esfuerzo, no fracasamos porque el ambiente sea muy contrario, sino porque nos falta confianza en Dios. Se trata de creer más en el amor que Dios nos tiene. Imposible confiar en Dios y no llegar a santo. Y si no conseguimos más es porque no esperamos más, porque no confiamos suficientemente.

 

Y esa confianza solo nace del silencio, de la oración y del trato íntimo con el Señor. Contemplándole a Él y diciendo como los discípulos: “Realmente eres el Hijo de Dios”.