Solemnidad de la Asuncion de la Virgen Maria

Lucas 1, 39-56

Autor: Padre Francesc Jordana Soler

 

 

Celebramos en esta solemnidad que la virgen María es elevada al cielo en cuerpo y alma. María, la Madre de Dios, al morir no conoció la corrupción de su cuerpo sino que es glorificada por Dios. 

Esta solemnidad la celebramos desde 1950 cuando el Papa Pío XII proclamó el dogma de la Asunción. Pero la Iglesia de oriente y de occidente desde los primeros siglos ya creía en este hecho. 

Las palabras de Maria: “Desde ahora me felicitaran todas las generaciones” resultan sorprendentemente proféticas. Maria anunciaba la devoción mariana del pueblo de Dios hasta el fin de los tiempos. Por tanto, la Iglesia no ha inventado algo “ajeno” a la Palabra de Dios, sino que responde a la profecía hecha por Maria en aquella hora de gracia. ¡Cómo no venerar aquella que no cometió pecado!, ¡cómo no venerar a aquella cuyo sí permite la obra de la redención!, ¡cómo no venerar a la que es madre de nuestro Salvador!, ¡cómo no venerar a aquella que el mismo Cristo nos dio como Madre en la cruz!. Ante todo esto imposible que en la Iglesia no surgiera con fuerza una devoción mariana… que no es otra cosa que una verificación de las palabras de Maria: “Me felicitaran todas las generaciones”. 

Dice el Papa Benedicto XVI: “Estas palabras son, por tanto, una auténtica profecía, inspirada por el Espíritu Santo, y la Iglesia, al venerar a María, responde a un mandato del Espíritu Santo, cumple con su deber”.  

Y si es deber de la Iglesia esa veneración es también un deber de cada uno de sus fieles. Aprovechemos esta solemnidad para examinar cómo anda nuestra vida mariana, para examinar que presencia tiene Maria en nuestra vida cristiana. Que no sea la nuestra una generación que se olvida de “felicitar a Maria”. 

Isabel llena del Espíritu Santo dijo: “Dichosa tu que has creído”. Me gustaría comentar brevemente este “creer” de Maria para que nos ayude también a nosotros a creer como ella. 

¿Qué es creer? Maria nos ilumina la respuesta. ¿Es una idea que tenemos en la cabeza?. Creer tiene que ser algo más que una idea. En nuestra cabeza tenemos cientos de ideas, Dios no puede ser eso: una idea más entre muchas ideas.  

Maria nos ilumina que creer es un acto existencial, de toda mi persona. No es un acto meramente intelectual. Creer orienta mi vida, me impulsa a desear unirme a Dios, a buscar su voluntad en mi vida, a descubrir cómo debo vivir. Creer no es sólo una idea entre muchas ideas que hay en mi cabeza, creer es una acción, una forma de vivir. 

Debemos vigilar de no caer en la trampa de un “creer” meramente intelectual: “Pienso que Dios existe, voy a misa el domingo, y aquí termina mi vida cristiana”. Eso no es creer, eso es una credulidad que no compromete a nada, que no toca la vida. 

El verbo creer tal y como lo utiliza la Biblia significa fundamentarse en Dios, que él sea el eje de nuestra vida. No una cosa más entre muchas cosas que hay en mi vida, sino el centro. Entonces el creer constituye la orientación fundamental de nuestra vida. 

Dichosa tu que has creído”. Dichosos, felices seremos si creemos realmente en Dios. El que cree es feliz. Aunque todo no le vaya bien es feliz. A más fe más felicidad. Y en este camino de crecer en la fe Maria tiene un papel importante en nuestra vida. 

Para unos padres es un día de inmensa alegría el día que su hijo acaba su carrera, para nosotros contemplar cómo acaba la vida de Maria debe ser un motivo de alegría y de gozo.          

Que esta eucaristía nos ayude a hacer de María nuestra madre, una madre cercana, atenta a nuestras necesidades, dispuesta a interceder a favor nuestro, una madre glorificada por nuestro Padre.