XX Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A

Mateo 15, 21-28

Autor: Padre Francesc Jordana Soler

 

 

Las tres lecturas nos hablan de la universalidad de la fe:

      .  Isaías: “Los extranjeros que se han adherido al Señor”

      .  San Pablo: “Hermanos, tengo una cosa para deciros a vosotros los que no sois judíos”

      .  Jesús alaba la fe de una mujer cananea que no pertenecía al Pueblo de Israel.

Universalidad hace falta entenderla de dos maneras: a) territorial: la salvación de Jesucristo es para todos los pueblos y todas las personas. b) temporal: La universalidad de la fe nos habla de que la fe, la propuesta de la fe es siempre válida en todas las épocas. 

En el mundo secularizado, lejos de Dios, parece que se puede vivir al margen de Dios, la gente parece feliz, Dios parece no necesario. Parece que la propuesta de la fe ya no tiene nada que decir al hombre de hoy. Es falso. Radicalmente falso. 

El hombre no se entiende a sí mismo sin la presencia de Dios en su vida. Una palpable muestra de esta necesidad son las estadísticas. Las estadísticas de suicidios, divorcios, violencia de género, adicciones, pobreza en el mundo, nos manifiestan esta necesidad radical de Dios que tiene  el hombre de hoy.  

Hay muchas causas de esta secularización del mundo, ciertos “valores” culturales: materialismo, hedonismo, individualismo, relativismo, nihilismo. Muy bien todo esto, es verdad, pero me parece que olvidamos: nuestro débil, o nulo, testimonio de vida cristiana 

Si esta comunidad viviera la radicalidad evangélica, cada semana tendríamos incorporaciones a la comunidad. Os lo bien aseguro. Si siguiéramos con fuerza la llamada a la santidad las cosas serían muy diferentes.       

En el evangelio Mateo dibuja perfectamente la situación y se hace muy fácil imaginarla. Una buena mujer cananea ve a Jesús a lo lejos, se pone a llamarle, Jesús no le hace caso, poco a poco se acerca a Jesús y sigue llamándole, Jesús sigue sin hacerle caso. La mujer insiste, los apóstoles le dicen que la atienda, ella se arrodilla ante él y le dice “Jesús, Señor, ayúdame”. Y en el diálogo con Jesús vence las objeciones que éste le pone. Y Jesús acaba alabando la fe de la mujer: “¡Mujer qué fe que tienes!” 

 

Me gustaría centrarme en la actitud de esta mujer que 2000 años después puede iluminar nuestra actitud hacia Dios, puede iluminar nuestra fe.  La mujer cananea:      

                   le llama

                   se acerca a él (y aunque no le hace caso)

                   le sigue llamando, insiste

                   se arrodilla ante él

                   dialoga con él

                   rebate las objeciones de Jesús

 

Todo ello son signos claros de la fe de esta mujer, sobre todo la alabanza que el mismo Jesús hace “Mujer, qué fe tan grande tienes”. Jesús a lo largo del evangelio para curar, para hacer un milagro, para poder tocar el corazón de las personas necesita como condición necesaria la fe de la persona que tiene delante, sin fe, sin esperanza en la acción de Jesús no hay obra salvadora.

     

Bernanos, “Diario de un cura rural”. Cura del pueblo dice: “No se pierde la fe, más bien la fe deja de informar la vida”. La fe viva informa, da forma a toda nuestra vida. Si esto no es así no hay fe sino una credulidad en Dios que no compromete a nada.  

 

Y ¿cómo podemos vencer esta situación, esta pobreza de nuestra fe?, ¿cómo podemos tener una fe que nos llene la vida, que nos haga felices, que nos haga vibrar con las cosas de Dios, que nos impulse a hacer apasionadamente el bien como decía SP? ¿Cómo? Pues la mujer cananea nos da la solución: pidiendo, humildemente, suplicando, insistentemente, a Dios como hace ella:

 

             “¡Jesús, Señor, ayúdame!”

 

Demasiadas veces queremos vivir nuestro cristianismo sólo con nuestras fuerzas y nos olvidamos que nosotros nada podemos (“Si el Señor no construye la casa, es inútil el afán de los constructores, si el Señor no guarda la ciudad, es inútil que vigilen los guardas…”. En el Evangelio de Juan, Jesús nos dice: “sin mí nada podéis hacer”. Hemos de saber pedir ayuda al Señor

     

             “Jesús, Señor, ayúdame”

 

Acudamos a la oración, a ese trato personal con Jesús, y pidámosle que nos ayude. Él se muere de ganas de ayudarnos, de salvarnos, pero necesita que se lo pidamos como la mujer cananea.