XXIII Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A

Mateo 18, 15-20

Autor: Padre Francesc Jordana Soler

 

 

Queridos hermanos y hermanas.

 

San Pablo en su carta nos habla de la realidad más esencial en el cristianismo: el amor. “Quien ama ha cumplido toda la ley”. “Amar es toda la Ley”.

 

En el Nuevo Testamento se nos dice que: “Dios es amor” y en el Antiguo Testamento Dios dice: “Hagamos los hombres a nuestra imagen, según nuestra semejanza”.

 

Por tanto, si Dios es amor y nosotros estamos hechos a imagen y semejanza de Dios quiere decir que nosotros “somos amor”. ¿Qué quiere decir que somos amor? Pues, que aquello que nos realiza, aquello que nos hace crecer, aquello que nos hace madurar como personas es amar.

 

El hombre no puede vivir sin amor. El hombre es por sí mismo un ser incomprensible, sin sentido, si no se encuentra con el amor. Nunca encontraréis un egoísta que sea feliz. Imposible: Dios nos ha diseñado para amar, para darnos, para buscar el bien de los otros y si rompemos el plan de Dios para nosotros, entonces llegamos a ser infelices.

 

Por eso, Bernanos en “Diario de un cura rural” define el infierno como: “El infierno es no amar”.

 

Amar no es sólo una cosa de sentimientos. Los sentimientos van y vienen, son muy volubles. Quien confunde sentimiento con amor está muy equivocado. El amor es mucho más amplio que los sentimientos. El amor alcanza también la inteligencia y la voluntad, no sólo la dimensión afectiva.

 

Amar es entregarse al otro, darse al otro, buscar el bien del otro. Y esto muchas veces no es fácil, no sale del sentimiento, sino de la inteligencia y la voluntad.

 

Teresa de Calcuta decía a sus hermanas: “Hay que amar hasta que duela”. Y Jesús: “no hay amor más grande que el que da la vida por los amigos”. Frases que nos hablan del amor auténtico y no de los amores superficiales y sentimentales.

 

Todo esto nos ayuda a entender una manera de amar muy diferente de la que vive el mundo. Amar no es ”sentir bonito”, amar es darse a los otros, renunciar a uno mismo buscando el bien de los otros.

 

 

Ejemplo: conozco un montón de matrimonios que cuando se iban a casar querían tener dos o tres hijos. Han tenido uno y ya está, ya no quieren más. ¿Por qué? Porque no saben amar. Un hijo pide que el centro sea él. Un hijo pide renunciar a uno mismo, a nuestros gustos, a  nuestras aficiones y estar pendiente del niño. Y como que la gente no sabe amar esto se les hace complicadísimo y muy duro, y deciden no tener más hijos.

 

¿Por qué le cuesta tanto  a la gente de hoy en día  amar? Está clarísimo: porqué no se han encontrado  con Cristo, porqué no tienen el Espíritu Santo dentro suyo.

 

Estamos hablando del amor y hoy la primera lectura y el evangelio nos hablan de una manera concreta de amar: amar a los otros nos lleva a corregirlos.

 

Jesús hoy nos propone una cosa que pienso que no hacemos casi nunca. Nosotros cuando vemos que alguien hace una cosa equivocada hacemos dos cosas:

          Internamente juzgamos a la persona: “es mala porqué ha hecho...”

          La segunda cosa que hacemos es criticarla delante de los demás. 

 

Ésta es nuestra manera de funcionar habitual.

Ejemplo: A un edificio llegaron unos vecinos nuevos, y una mujer que hacía tiempo que allí vivía  comentaba al marido que cuando la mujer nueva lavaba la ropa le quedaba muy sucia. Y hacía burla de ella, y así un día y otro día. Llegó un día en que la mujer le dijo: “mira, hoy la ropa le ha salido limpia del todo”. Y el marido le dijo: “yo lo único que sé es que hoy he limpiado los cristales de las ventanas de casa”. Cuantas veces la suciedad no está en los otros sino en nuestra manera de mirar...

 

Vemos como Jesús nos hace una propuesta totalmente diferente de la tendencia juzgadora y criticadora que todos tenemos. Cuando vemos que alguien hace una cosa mal:

          Primero lo hablamos con la persona.

          Y ¿cómo lo hacemos? A solas, para proteger  su buen nombre, y para que el otro pueda explicarse. Cuando hablemos con él nos referimos a su error concreto, para no caer en un juicio sobre su persona o sobre sus intenciones. Y procuramos desde el diálogo sacarla de su error.

          Si no nos hace caso, pediremos ayuda  a otros para que nos ayuden.  

 

El planteamiento de Jesús está impregnado de caridad en todo su proceso. En ningún momento Jesús nos justifica acciones o actitudes no caritativas. Siempre hemos de actuar movidos por la caridad.

 

Nunca podemos hacer un juicio sobre su persona (sí sobre su acción concreta), nunca podremos criticarlo públicamente, nunca podemos divulgar rumores, porque se oponen a lo que Jesús nos dice hoy.

 

Dispongámonos a vivir esta segunda parte de la eucaristía donde entraremos en comunión con la divinidad de JC siempre transformante, que Él nos enseñe a amar siempre y a corregir con caridad.