XXVI Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A

Mateo 21, 28-32

Autor: Padre Francesc Jordana Soler

 

 

Hoy la primera lectura y el evangelio nos dan distintas luces sobre nuestra relación con Dios.

 

En la primera lectura Dios lanza al Pueblo de Israel –y a cada uno de nosotros- una advertencia a tener muy presente: dice Dios: “Comentáis: “No es justo el proceder del Señor”. Escuchad casa de Israel: “¿es injusto mi proceder?, ¿o no es vuestro proceder el que es injusto?”.

 

Cuantas veces ante ciertos acontecimientos que no nos gustan (la enfermedad de la hija, las dificultades con el marido, las estrecheces económicas, etc, etc, etc). Nos quejamos a Dios, le decimos que nos parece injusto, como decía el Pueblo de Israel. Y ante esta queja Dios también nos responde a nosotros: “¿es injusto mi proceder?, ¿o no es vuestro proceder el que es injusto?”.

 

Dios no falla nunca. Dios nunca es injusto. Dios nunca deja de amarnos. El problema está en nosotros, no en Él. El problema está en nuestra falta de fe, de visión sobrenatural, en nuestro no contemplar nuestra vida desde la oración El problema está en nuestra falta de abandono en las manos providentes de Dios.

El evangelio también nos da luz sobre nuestra relación con Dios. Uno de los dos hijos dice: “sí, voy a trabajar a la viña”, pero luego no fue. Esta parábola dibuja una situación que nosotros también vivimos. Muchas veces decimos sí a Dios, pero luego no cumplimos. Cuantos propósitos, cuantas promesas hechas a Dios y luego incumplidas. Hay un refrán inglés que dice que el camino al infierno está pavimentado de buenas intenciones.

 

El otro hijo dijo no, recapacitó, y luego fue. También nosotros debemos recapacitar de hasta qué punto con nuestra vida hacemos lo que quiere el Padre. “¿Quién de los dos hizo lo que quería el Padre?” pregunta Jesús en la parábola. ¿Quién de nosotros está haciendo el plan que Dios quiere?

 

Cuando entremos en el cielo: ¿con que porcentaje del plan de Dios cumplido queremos llegar?. ¿No será un poco triste cuando el Padre nos diga: “Felicidades, has cumplido con un 30% del plan que tenia contigo”?.

 

Nuestra vida es Cristo y cumplir al 100 x 100 el plan de Dios para con nosotros. Esta es la vida autèntica. 

 

Y una última idea: palabras duras, palabras fuertes las que hoy Jesús lanza a los sumos sacerdotes y ancianos del pueblo: “los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios”.  Por dos veces Jesús pone a las prostitutas como ejemplo. No porque su mala vida sea un ejemplo a seguir, sino por su capacidad de reconocerse pecadoras y convertirse.

 

Debemos situarnos en la palestina de hace 2000 años para captar, para entender el alcance y la fuerza de estas palabras. Los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo eran los que tenían el poder religioso, eran los hombres más respetados por sus estatus y por la función que desempeñaban. Todo el mundo les respetaba, incluso los romanos. Y llega Jesús y les dice: “.....”

 

¿Por que? Porque los sumos sacerdotes y los ancianos no creen tener necesidad de conversión. Ellos ya se creen buenos, se creen justos. Y este pensamiento imposibilita su crecimiento humano y espiritual. Sin la humildad de vernos pecadores no podemos crecer.

 

En cambio, los publicanos y las prostitutas se sienten pecadores y han iniciado con Juan Bautista un proceso de conversión y han seguido sus enseñanzas.

Y a nosotros hombres y mujeres del siglo XXI ¿qué nos dice este evangelio? Lo proclamamos para que ilumine nuestra vida, nuestras actitudes, nuestros criterios.

 

¿A quien nos parecemos más a los sumos sacerdotes y ancianos que se creen buenos y no creen que necesiten convertirse o los publicanos y las prostitutas que reconocen su pecado y desean convertirse? ¿A quien …?

 

Es un tema crucial sino la dureza de las palabras de Jesús estaría fuera de lugar. Y sus palabras son espíritu y son vida …

 

Los publicanos y las pecadoras han escuchado la llamada de Juan a la conversión y han respondido, los sumos sacerdotes y les ancianos la han escuchado también y no han respondido.

 

Hacemos nosotros caso de las llamadas que se nos hacen a la conversión. Acogemos con un corazón humilde las llamadas a seguir creciendo, a luchar por ser santos, a amar a los pobres, a compartir nuestros bienes con ellos, a perdonar al que nos ofende, a evangelizar nuestros ambientes. ¿cómo acogemos las llamadas que se nos hacen?

Qué esta eucaristía nos haga muy humildes y deseos de cumplir en todota voluntad de nuestro Padre.