XXVIII Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A

Mateo 22, 1-14:

Autor: Padre Francesc Jordana Soler

 

 

Hoy Jesús continúa hablándonos en parábolas. Y esta parábola tiene unos puntos de coincidencia importantes con la de la semana pasada:

 

        Los convidados iniciales a la boda es el Pueblo de Israel.

        El Pueblo de Israel no ha acogido la invitación del Rey, ante lo cual el Rey invita a otros que no forman parte de este pueblo.

        Aquí también los enviados son maltratados y asesinados. Los sacerdotes somos los enviados del siglo XXI. Así que ya sabemos lo que nos toca…

Por lo tanto, es también esta una parábola que nos ayuda a entender ese rompimiento que hubo entre el judaísmo y el cristianismo.

 

Pero como que todo esto ya lo explicamos la semana pasada nos centraremos en otros aspectos de esta rica parábola. Esta parábola, el Rey que invita a la boda de su hijo, le sirve a Jesús para hacer ver la grandeza y el sentido profundo de lo que Dios nos ofrece. Y hablo de lo que Dios nos ofrece y no lo que Dios nos pide. Porque Dios no nos pide nada, Dios lo que hace es ofrecernos vida.

Un Dios que pide cosas es un dios un poco latoso, pero un Dios que ofrece es una imagen mucho más correcta de nuestro Dios deseoso de comunicar vida.

 

Cuatro ideas breves a partir de esta parábola:

1. Nos ayuda a entender que la vida cristiana es una invitación que Dios hace a cada uno de nosotros. Hemos sido invitados. Dios no nos pide nada … Dios nos ofrece la vida. Es Dios quien nos llama a participar de su reino. Y este es un gran honor.

 

2. Que sea un banquete de bodas también nos ayuda a entender que es un reino festivo, alegre, gozoso. La vida cristiana vivida en profundidad es siempre alegre y gozosa. No hay santos tristes. Hemos de confrontar si nuestra experiencia cristiana, nuestra experiencia de Dios coincide con estas palabras: reino festivo, alegre y gozoso. ¿Es esta nuestra experiencia?. Pienso que demasiadas veces vivimos un cristianismo que es triste, como si esto de ser cristiano fuese una carga que hemos de ir arrastrando. Y eso no puede ser. La alegría y el gozo es signo de identidad de los cristianos. Lo mejor que nos ha pasado en la vida es ser cristianos. ¡Demos gracias a Dios!

 

 

 

 

 

3. La tercera idea surge de una pregunta: ¿A qué nos invita Dios? Dios nos invita a participar de su propia alegría, su propia vida. Debemos contemplar estas realidades para que vaya enriqueciendo nuestra espiritualidad. Contemplar, ahí está la raíz de la vida cristiana profunda.

            

4. La invitación de Dios es seria. Compromete toda nuestra existencia. Rechazar lo que Dios me ofrece no es indiferente. Rechazar este don significa excluirme voluntariamente de la bendición de Dios y condenarme. Y esta invitación de Dios es constante: cada Dios me ofrece nuevas gracias y yo puedo acogerlas o rechazarlas. Con nuestra vida de cada día: ¿Estamos acogiendo el don precioso que Dios nos quiere comunicar?

            

¿Verdad que sorprende bastante que los invitados a la boda del hijo del Rey rechacen esa invitación? Y que la rechacen a cambio de seguir con su rutina: sus campos, sus negocios. Quizá nosotros estamos haciendo lo mismo: rechazando la invitación de Dios a profundizar nuestra vida cristiana por seguir con nuestra rutina. Es ilógico. 

 

Esta parábola es muy eucarística. La eucaristía es también un banquete, al que somos invitados por Dios, donde comemos el más exquisito de los manjares, el Cuerpo de Cristo.

 

Vale la pena explicar qué significa eso de que el “rey reparo que uno de los comensales no llevaba traje de fiesta”. El rey no mira el vestido exterior, el rey mira el vestido de su corazón. Si se tratase del vestido exterior los siervos del rey se habrían dado cuenta y lo habrían echado. Pero el rey se da cuenta de que el vestido interior, de que el corazón del hombre, no estaba preparado para recibir esos manjares.

 

A nosotros esta interpelación de Jesús: “Amigo ¿cómo has entrado aquí sin vestirte de fiesta”.  Nos tiene que iluminar. Es necesario venir a la eucaristía, a este banquete, con un corazón limpio, con unas determinadas actitudes, con una determinada disposición del corazón, para que la eucaristía nos alimente, nos ayude en nuestro seguimiento de Jesús.

 

La iglesia no pide que vengáis a la Iglesia muy bien vestidos, ni con ropas muy caras, ni con muchos anillos y pulseras, sino que vengáis con un corazón limpio. Y el corazón se limpia en la confesión.