XXX Domingo del Tiempo Ordinario, Ciclo A

Mateo 22, 34-40

Autor: Padre Francesc Jordana Soler

 

 

Hoy las lecturas nos hablan de amor. Toda la eucaristía de hoy es una llamada a amar siempre y en todo lugar a Dios y al prójimo. Y éste es el único camino que hay para ser felices. No es la crisis económica lo que provoca infelicidad, es el no amar a Dios y al prójimo.

 

La primera lectura nos habla de tener muy presente los sufrimientos del hermano en nuestra vida. Es entrañable la delicadeza con que se expresa el libro del Éxodo: “Si tomas en prenda el manto de tu prójimo, se lo devolverás antes de ponerse el sol, porque no tiene otro vestido para cubrir su cuerpo”. Qué gran sensibilidad, qué ponerse en la piel del otro.

 

¿Queréis crecer en caridad? Os recomiendo un ejercicio  que todos estamos llamados a hacer: ponernos en la piel de aquel que vemos sufrir, y pensar ¿cómo me gustaría que se comportasen conmigo si yo estuviese en su situación? Seguro que si lo hacemos llegaremos a ser más caritativos. Esto es una manera de vivir lo que Jesús nos dice: “Ama al prójimo como a ti mismo”.

El evangelio nos presenta otra pregunta de los fariseos a Jesús procurando sorprenderlo en una respuesta equivocada. Los judíos tenían que observar más de 615 preceptos, esto daba lugar a una cierta confusión y por eso preguntan: “¿Cuál es el mandamiento más grande de la Ley? Y Jesús responde: “Ama al Señor,  tu Dios, con todo el corazón, con toda el alma, con todo el pensamiento”.  

La semana pasada decía en la homilía que a Dios le hemos de dar el espacio y la consideración que se merece, porque si no lo convertimos en un ídolo. Hoy Jesús lo confirma al decirnos que es preciso “amar a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todo el pensamiento”. 

Tres ideas respecto este evangelio:

1. Este es el mandamiento más grande y el primero de todos”. ¿Cómo estamos viviendo el mandamiento más grande?, el más importante. Es necesario en  nuestra plegaria de cada día ir revisando este amor a Dios. Quizá alguien se pregunte: ¿Cómo sé si estoy amando a Dios? Sabemos que amamos a Dios si pasamos ratos de oración con Él, si medito su Palabra, si vivo bien la eucaristía del domingo, y si sentimos deseos de poder ir entre semana para entrar en comunión con Jesucristo. 

Entonces amo a Dios. En definitiva, cuando lo llevo en el corazón y tengo deseo de que Él crezca en mí. Entonces amo a Dios. 

2.  Jesús sigue diciendo: “el segundo es muy semejante: “ama a los otros como a ti mismo”. Es muy semejante, mirad cómo es de importante amar a los otros.  

Los judíos ya conocían estos dos mandamientos: “amar a Dios y amar al prójimo”, pero Jesús aporta una novedad, la vinculación de los dos mandamientos en tres sentidos:

          .  El amor a Dios es fuente, suscita, el amor al prójimo.

          .  Cuando amamos a Dios estamos amando al prójimo.

          .  Cuando amamos al prójimo estamos amando a Dios. (Amarle amando al prójimo). 

Jesús convierte los dos mandamientos en absolutamente inseparables al decir “el segundo es muy semejante al primero”. Por esto San Juan nos dirá: “Si no amas a tu hermano a quien ves, ¿cómo amarás a Dios a quien no ves?” 

La cruz que es el signo que nos identifica como a cristianos sirve para simbolizar estos dos amores: la dimensión vertical simboliza el amor a Dios, y la dimensión horizontal el amor a los hermanos. Estas dos dimensiones han de estar equilibradas. Crecen a la vez. No puede haber una cruz con un palo vertical muy largo y un palo horizontal muy corto. No sería una cruz cristiana, lo contrario tampoco lo sería. 

Cuando amamos Dios verdaderamente, crece nuestro amor a los hermanos, y cuando amamos los hermanos verdaderamente crece nuestro amor a Dios. No son dos amores contrapuestos. El hermano es presencia de Jesús, es sacramento de Jesús, amarlo es amar Jesús. 

3. A veces los sacerdotes decimos: “Tenéis de amar más a Dios y tenéis de... a los hermanos”. ¡Me parece incorrecto! Es como deciros: “habéis de tener 50 millones de euros”. Nadie amará más a Dios o al prójimo porque yo lo diga: “Has de amar más a Dios, has de amar más al prójimo”.  

 

¿Cuántas veces lo habéis oido y todo sigue igual? Sólo podréis amar más si  ponéis los medios para que Dios habite con más fuerza en vuestros corazones. Es lo que antes os decía de la plegaria, la meditación de la Palabra de Dios, la eucaristía bien vivida. Son los medios a través de los cuales Dios nos va cristificando, Dios nos va divinizando, comunicando  su espíritu, su fuerza para amar, sino amar se convierte en un ejercicio de nuestra voluntad que dura bien poco. 

Y un apunte final breve: cuando Jesús nos pide que “amemos a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con todo el pensamiento”, esto nos ha de hacer ver que si nos pide que le amemos así es porque Él ya nos ama de esta manera, y desea ser correspondido.

Y ante un Dios que nos ama con todo el corazón, con toda el alma, con todo el pensamiento, ¿qué le negaremos nosotros?