V Domingo de Cuaresma, Ciclo C.
San Juan 8, 1-11:
Oración y trabajo

Autor: SS. Juan Pablo II

Fuente: almudi.org (con permiso)  suscribirse

 

 

(Is 43,16-21) "Abrió camino en el mar y senda en las aguas impetuosas"
(Fil 3,8-14) "Todo lo estimo basura con tal de ganar a Cristo"
(Jn 8,1-11) "Tampoco yo te condeno"

Homilía en Norcia (23-III-1980)

---Agradecimiento a Dios
---Bautismo
---Oración y trabajo

---Agradecimiento a Dios

Gloria a ti, Cristo, Verbo de Dios.

Gloria a ti cada día en este período bendito que es la Cuaresma. Gloria a ti hoy, día del Señor y V domingo de este período.

Gloria a ti, Verbo de Dios, que te has hecho carne y te has manifestado con tu vida y has realizado en la tierra tu misión con la muerte y la resurrección.

Gloria a ti, Verbo de Dios, que penetras lo íntimo de los corazones humanos y les muestras el camino de la salvación.

Gloria a ti en todo lugar de la tierra.

Gloria a ti, Verbo de Dios, Verbo de la Cuaresma, que es el tiempo de nuestra salvación, de la misericordia y de la penitencia.

Permitidme, queridos hermanos y hermanas, que intercale estas expresiones de veneración y agradecimiento en las palabras de la liturgia cuaresmal de hoy. La veneración y el agradecimiento constituyen el motivo de nuestra presencia hoy aquí, de mi peregrinación junto a vosotros al lugar del nacimiento de san Benito, al cumplirse mil quinientos años de la fecha de este nacimiento.

---Bautismo

Sabemos que el hombre nace al mundo gracias a sus padres. Confesamos que, habiendo venido al mundo por sus procreadores, que son el padre y la madre, renace a la gracia del bautismo sumergiéndose en la muerte de Cristo crucificado, para recibir la participación en esa vida que Cristo mismo ha revelado con su resurrección. Mediante la gracia recibida en el bautismo, el hombre participa en el nacimiento eterno del Hijo del Padre, puesto que se hace hijo adoptivo de Dios: hijo en el Hijo.

Juntamente con San Benito nacía en cierto sentido una época nueva, una nueva Italia, una nueva Europa. El hombre siempre viene al mundo en determinadas condiciones históricas; incluso el Hijo de Dios se hizo Hijo del hombre en cierto periodo de tiempo, y en él dio comienzo a los tiempos nuevos que han venido después de Él.

El año en que, según la tradición, vino a la luz Benito, el 480, sigue muy de cerca de una fecha fatídica, o mejor, fatal, para Roma: aludo a ese 476 después de Cristo, en el cual, con el envío a Constantinopla de las insignias imperiales, el Imperio Romano de Occidente, después de un largo periodo de decadencia, tuvo su fin oficial. Se derrumbaba ese año una estructura política, esto es, un sistema que había condicionado, poco a poco, casi por un milenio, el camino y el desarrollo de la civilización humana en el área de todo el litoral del Mediterráneo.

Pensemos: Cristo mismo vino al mundo según las coordenadas --tiempo, lugar, ambiente, condiciones políticas, etc.-- creadas por este mismo sistema. Y también la cristiandad, en la historia gloriosa y doliente de la “Ecclesia primaeva”, tanto en la época de las persecuciones, como en la sucesiva libertad, se desarrolló en el marco del “ordo Romanus”, más aún, se desarrolló, en cierto sentido, “a pesar” de este “ordo”, en cuanto ella tenía una dinámica, propia que le hacía independiente de él y le consentía vivir una vida “paralela” a su desarrollo histórico.

Tampoco el llamado edicto de Constantino, en el 313, hizo depender a la Iglesia del Imperio: si le reconocía la justa libertad “ad extra” después de las sangrientas represiones de la época anterior, no fue él quien le confirió esa igualmente necesaria libertad “ad intra” que, en conformidad con la voluntad de su Fundador, le viene indefectiblemente del impulso de vida que le comunica el Espíritu. Incluso después de este importante acontecimiento, que selló la paz religiosa, el Imperio Romano continuó su proceso de desintegración: mientras en Oriente el sistema imperial se pudo reforzar, también con notables transformaciones, en Occidente se debilitó progresivamente por una serie de causas internas y externas, entre las cuales el choque de las migraciones de los pueblos, y en un determinado momento no tuvo ya la fuerza de sobrevivir.

De hecho, cuando aquí en Nursia vino al mundo San Benito, no sólo “el mundo antiguo se encaminaba al fin” (Krasinski, Irydion), sino que en realidad este mundo ya había sido transformado: habían subintrado los “Christiana tempora”. Roma, que en un tiempo había sido el testigo principal de la potencia en la ciudad del más grande esplendor del Imperio, se había convertido en la Roma cristiana. En cierto sentido había sido realmente la ciudad con la que se había identificado el Imperio. La Roma de los Césares ya se había desvanecido. Quedaba la Roma de los Apóstoles. La Roma de Pedro y de Pablo, la Roma de los mártires, cuya memoria todavía estaba relativamente fresca y viva. Y, mediante esta memoria estaba viva la conciencia de la Iglesia y el sentido de la presencia de Cristo, del que tantos hombres y mujeres no habían vacilado en dar su testimonio, mediante el sacrificio de la propia vida.

Así, pues, nace en Nursia Benito y madura en ese clima particular, en el que el fin de la potencia terrena, la mayor de las potencias que se han manifestado en el mundo antiguo, habla al alma con el lenguaje de las realidades últimas, mientras, al mismo tiempo, Cristo y el Evangelio hablan de otra aspiración, de otra dimensión de la vida, de otra justicia, de otro Reino.

Benito de Nursia crece en este clima. Sabe que la verdad plena sobre el significado de la vida humana lo ha expresado San Pablo, cuando ha escrito en la Carta a los Filipenses: “dando al olvido a lo que ya queda atrás, me lanzo tras lo que tengo delante, mirando hacia la meta, hacia el galardón de la soberana vocación de Dios en Cristo Jesús” (FiI. 3, 13-14).

Estas palabras las había escrito el Apóstol de las Gentes, el fariseo convertido, que así daba testimonio de su conversión y de su fe. Estas palabras reveladas contienen también la verdad que retorna a la Iglesia y a la humanidad en las diversas etapas de la historia. En esa etapa, en la que Cristo llamó a Benito de Nursia, estas palabras anunciaban el comienzo de una época que sería precisamente la época de la gran aspiración “hacia lo alto” en pos de Cristo crucificado y resucitado. Tal como escribe San Pablo: “para conocerle a Él y el poder de su resurrección y la participación en sus padecimientos, conformándose a Él en su muerte, por si logro alcanzar la resurrección de los muertos”.

Así, pues, más allá del horizonte de la muerte que sufrió todo el mundo construido sobre la potencia temporal de Roma y del Imperio, emerge esta nueva aspiración: la aspiración “hacia lo alto”, suscitada por el desafío de la nueva vida, el desafío que Cristo trajo al hombre juntamente con la esperanza de la futura resurrección. El mundo terrestre --el mundo de las potencias y de las derrotas del hombre-- se convierte en el mundo visitado por el Hijo de Dios, el mundo sostenido por la cruz en la perspectiva del futuro definitivo del hombre, que es la eternidad: el Reino de Dios.

Benito fue para su generación, y aún más para las generaciones sucesivas, el apóstol de ese Reino y de esa aspiración. Y sin embargo, el mensaje que él proclamó mediante toda su Regla de vida, parecía --y parece incluso hoy-- ordinario, común y como menos “heroico” que el que dejaron los apóstoles y los mártires sobre las ruinas de la Roma antigua.

---Oración y trabajo

En realidad es el mismo mensaje de vida eterna, revelado al hombre en Cristo Jesús, el mismo, aun cuando dicho con el lenguaje de tiempos ya diversos. La Iglesia lee siempre de nuevo el mismo Evangelio --Palabra de Dios que no pasa-- en el contexto de la realidad humana que cambia. Y Benito supo ciertamente interpretar con perspicacia, los signos de los tiempos de entonces, cuando escribió su Regla en la cual la unión de la oración y del trabajo se convertía en el principio de la aspiración a la eternidad, para aquellos que la habrían de aceptar. “Ora et labora” era, para el gran fundador del monaquismo occidental, la misma verdad que el Apóstol proclama en la lectura de hoy, cuando afirma que lo ha dejado todo por Cristo: “Todo lo tengo por pérdida a causa del sublime conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por cuyo amor todo lo sacrifiqué y lo tengo por basura, con tal de ganar a Cristo y ser hallado en Él” (FiI. 3,8-9).

Benito, al leer los signos de los tiempos, vio que era necesario realizar el programa radical de la santidad evangélica, expresado con las palabras de San Pablo, de una forma ordinaria, en las dimensiones de la vida cotidiana de todos los hombres. Era necesario que lo heroico se hiciese normal, cotidiano, y que lo normal, cotidiano, se hiciese heroico.

De este modo él, padre de los monjes, legislador de la vida monástica en Occidente, vino a ser también indirectamente el precursor de una nueva civilización. Dondequiera que el trabajo humano condicionaba el desarrollo de la cultura, de la economía, de la vida social, allí llegaba el programa benedictino de la evangelización, que unía el trabajo a la oración, y la oración al trabajo.

Hay que admirar la sencillez de este programa y, al mismo tiempo, su universalidad. Se puede decir que este programa ha contribuido a la cristianización de los nuevos pueblos del continente europeo y, a la vez, se ha encontrado también en la base de su historia nacional, de una historia que cuenta con más de un milenio.

De este modo, San Benito se convierte en el Patrono de Europa durante el curso de los siglos: mucho antes de ser proclamado como tal por el Papa Pablo VI.

Él es Patrono de Europa en esta época nuestra. Lo es no sólo por sus méritos particulares hacia este continente, hacia su historia y su civilización. Lo es, además, por la nueva actualidad de su figura en relación con la Europa contemporánea.

El trabajo se puede separar de la oración y hacer de él la única dimensión de la existencia humana. La época contemporánea lleva consigo esta tendencia. Esta época se diferencia de los tiempo de Benito de Nursia, porque entonces Occidente miraba hacia atrás, inspirándose en la gran tradición de Roma y del mundo antiguo. Hoy Europa tiene a sus espaldas la terrible segunda guerra mundial y los consiguientes cambios importantes en el mapa del globo, que han limitado la dominación de Occidente sobre otros continentes. Europa, en cierto sentido, ha retornado dentro de sus propias fronteras.

Y sin embargo, lo que está a nuestras espaldas no es el objeto principal de la atención y de la inquietud de los hombres y de los pueblos. El objeto no cesa de ser lo que está ante nosotros.

¿Hacia dónde camina toda la humanidad, ligada con los múltiples vínculos de los problemas y de las reciprocas dependencias, que se extienden a todos los pueblos y continentes? ¿Hacia dónde camina nuestro continente y, apoyados en él, todos esos pueblos y tradiciones que deciden de la vida y de la historia de tantos países y de tantas naciones?

¿Hacia dónde camina el hombre?

Las sociedades y los hombres, en el curso de estos quince siglos que nos separan del nacimiento de San Benito de Nursia, han llegado a ser los herederos de una gran civilización, los herederos de sus victorias, pero también de sus derrotas, de sus luces, pero también de sus sombras.

Se tiene la impresión de que prevalece la economía sobre la moral, de que prevalece la temporalidad sobre la espiritualidad.

Por una parte, la orientación casi exclusiva hacia el consumo de los bienes materiales, quita a la vida humana su sentido más profundo. Por otra parte, el trabajo está volviéndose en muchos casos casi una coacción alienante para el hombre, sometido al colectivismo, y se separa, casi a cualquier precio, de la oración, quitando a la vida humana su dimensión ultra-temporal.

Entre las consecuencias negativas de una semejante actitud de cerrarse a los valores transcendentes, hay una de ellas que hoy preocupa de modo especial: consiste en el Clima cada vez más difundido de tensión social, que degenera tan frecuentemente en episodios absurdos de feroz violencia terrorista. La opinión pública está profundamente impresionada y turbada por ella. Sólo la conciencia recuperada de la dimensión trascendente del destino humano puede conciliar el compromiso por la justicia y el respeto a la sacralidad de cada una de las vidas humanas inocentes. Por esto la Iglesia italiana se recoge hoy particularmente en apremiante oración.

No se puede vivir para el futuro sin intuir que el sentido de la vida es mayor que la temporalidad, que está sobre ella. Si la sociedad y los hombres de nuestro continente han perdido el interés por este sentido, deben encontrarlo de nuevo. Con esta finalidad, ¿pueden volver quince siglos atrás, al tiempo en que nació San Benito de Nursia?

No, no pueden volver atrás. Deben encontrar de nuevo el sentido de la vida en el contexto de nuestro tiempo. De otro modo no es posible. Ni deben ni pueden volver atrás, a los tiempos de Benito, pero deben volver a encontrar el sentido de la existencia humana según la medida de Benito. Sólo entonces vivirán para el futuro. Y trabajarán para el futuro. Y morirán en la perspectiva de la eternidad.

Si mi predecesor Pablo VI ha proclamado a San Benito de Nursia el Patrono de Europa, es porque él podrá ayudar en esto a la Iglesia y a las naciones de Europa. Deseo de corazón que esta peregrinación de hoy al lugar de su nacimiento pueda constituir un servicio a esta causa.